La Ética no está desvinculada de la evaluación educativa, al ser ésta una práctica social, inserta en la labor educativa, donde surgen relaciones de direccionalidad entre profesor, alumno, objeto de estudio y familias. En estas relaciones el papel del profesor muchas veces juega gran importancia en cuanto al poder y la autoridad que ejerce frente a los alumnos y por consiguiente las familias. Este trata de "enseñar" el objeto de estudio a los alumnos para luego "evaluar" es decir verificar si se aprendió, hasta ese momento se puede decir que su actuar es éticamente correcto, el detalle está cuando esta evaluación rompe los limites de poder y objetividad que le son propios al proceso. Y el profesor se apodera de su rol, pasando a llevar muchas veces la autoestima del alumno, de su familia, obviando el constructo del aprendizaje que se desea medir. Siendo mas que profesor un autoritario adulto que gobierna el salón de clases. Y relegando a la evaluación a un proceso sin sentido, sino como un mecanismo son fin en si mismo, cuyos resultados muchas veces se traducen en calificaciones, las cuales generan necesidad de alcanzar productos más que aprendizajes.
Es por ello, que la ética debe estar presente en el carácter evaluativo del proceso educativo, quedando a conciencia del profesor su ejecución profesionalizadora. Es sin duda tarea del profesor dar el carácter de seriedad y relevancia al proceso de evaluar, siguiendo los principios éticos que este conlleva, diseñando y aplicando instrumentos adecuados, interpretando y entregando oportunos y objetivos análisis y resultados.
Es más que el mismo alumno quien se ve influenciado por este proceso, es su familia y muchas veces su futuro escolar, estudiantil y profesional los que se afectan o benefician, de ahí la gran responsabilidad etica del profesor en evaluación.
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